Todos recordamos aquel empeño descabellado del Pepé en trasvasar el agua del río Ebro hasta más o menos Almería. Un disparate que, afortunadamente, no cobró realidad, y que la gente lúcida interpretó como una aventura en la que involucrar a las grandes empresas que antes hicieron autovías y después quedaron ralentizadas. Independientemente de todo ello la idea del trasvase llevaba consigo la irrealidad de no poderse llevar a cabo tanto por lo faraónico del proyecto como por el hecho de no ser terminada.
Pero poca gente advirtió lo que hubiera supuesto, además de la propia escasez de la cuenca que abastece de agua a la población y el campo –no hay que olvidar que curiosamente el tramo medio del río surca terrenos de poca pluviosidad y, por tanto, secos-, para el delta y, sobre todo, para las aguas marinas que circundan la desembocadura, en las que se concentran gran cantidad de microorganismos, nutrientes, en definitiva, para el habitat marino de bajura. Por todo y con todo ello, el proyecto era una patada al sentido común porque atentaba contra la población y contra un ecosistema. Lo justificaban porque decían que se perdía mucha agua en el mar, como si el mar fuera una mierda.
Llevamos un mes viendo cómo el caudal del río Andarax, de manera ininterrumpida, llega a su estuario para después esparcirse por las aguas marinas tiñéndolas de color marrón, color que ya alcanza las playas de El Alquián y más. Qué buen cultivo natural cuando aposentado el arrastre del río, sirva para nutrir a la fauna marina… y qué buenas jibias podremos comer de El Bobar, Costacabana, o El Alquián este mismo año… o salmonetes, gambas y tapacubos. Dos ríos, uno el más caudaloso, otro de los más secos, y ambos cumplen de maravilla su papel.
|