Como siempre nos distinguimos de los demás pueblos por medios propios, por características esenciales que nos delatan: estamos asistiendo a una guerra sin sentido entre los consumidores y los creadores. Y esto es así, un sinsentido, porque cuando nosotros compramos fruta, por ejemplo, pagamos; pero si bailamos o leemos fotocopias tendemos a irnos de rositas, sin pagar. Visto así nos saltamos a la torera la ley de la propiedad intelectual que asiste a escritores y compositores.
Hay medios de consumo que pagan ajustados a derecho, por minutaje, como, por ejemplo, Canal + (me consta que en la retransmisión de las corridas de toros, por ejemplo, pagan los tiempos que emplean las bandas de música en las plazas de toros tocando, o la música grabada que ponen como sintonía o como fondo de las promociones), pero la mayoría de las empresas, tanto de hostelería como de servicios –incluidos ayuntamientos- no sólo no pagan sino que se escandalizan cuando la Sociedad de Autores Españoles les demanda por no hacerlo.
Muchos dicen que ya pagaron el impuesto cuando compraron el disco, pero ese impuesto es comercial, nada tiene que ver con el derecho que cada autor tiene cuando su obra se consume como producto colectivo, que, a veces, se grava en el consumidor (las bodas con música en vivo son más caras que las de música enlatada). En fin, cantidad de detalles que deja a los pies de los caballos a los creadores. Y puede que llegue el día en que no hay autores o no merezca la pena los que haya.
Y es que siempre hemos creído que el arte y la literatura vienen inspirados por el Espíritu Santo, y no por individuos como los demás, o que los artistas y escritores son saltimbanquis que hay de echarles una moneda en el sombrero. Siempre será España un país de catetos.
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