El cansancio me obliga a sentarme en el sillón frente a la tele; la enciendo y veo cantidad de coches de policía parados de cualquier manera, con faros encendidos y luces de emergencia girando, las puertas abiertas, y entre ellos muchos agentes de uniforme y algunos de paisano. En el asfalto mojado reflejan las farolas sus luces, y sobre un ruido de sirenas surge la voz del comisario que, poniéndose la gabardina y sin mirar a nadie se dirige al centro de atención, en el un cadáver muestra la sangre por todas partes, preguntando qué tenemos, eh, qué tenemos. Nada jefe, prácticamente nada, y ya van dos como éste en esta semana… respondió el ayudante. Me quedé dormido en ese diálogo, la pregunta del comisario permaneció dándome vueltas en la cabeza mientras los ojos se cerraban irremisiblemente.
Qué tenemos, esa es la pregunta que hago todas las mañanas cuando salgo del portal de mi casa y ando solo por las calles del centro histórico de la ciudad. Tenemos lo mismo de ayer y del día anterior, tenemos un panorama aciago, pienso, cuando veo esas paredes centenarias de las iglesias, las torres y espadañas destacando sobre los terrados de las casas y la Alcazaba al fondo. Miro el suelo y levanto la vista ante tanta suciedad y tanto descuido, veo un entorno que fue antes, hace tiempo ya, muy acogedor y que ahora has de hacer un esfuerzo para poder hacerte a aquélla idea. Veo, como ese policía de la tele, un cadáver de ciudad, inerte en el tiempo de la historia, allí abandonado y sin remisión. Eso es lo que tenemos, lo mismo que hace dos corporaciones municipales.
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