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José López Céspedes

La soberbia es una de las caras, la más permanente, del espíritu de Gial. Su líder, Juan Megino, lo demuestra a diario en sus declaraciones y comportamiento. La ambición desmedida, la presunción, la vanagloria y la jactancia son sus notas características; ahora habría que añadir la megalomanía; así se desprende de sus vallas publicitarias en esta fase de precalentamiento para las elecciones municipales.
La imagen del cartel no deja lugar a dudas: una mano adulta baja del nivel superior izquierda para coger una mano infantil, debajo el lema con falta de ortografía incluida, Estamos por ti. Es posible que algunos, engaliados por la cultura de Alcampo y preocupados por la hipoteca o los plazos del 4/4, no capten la sutileza, no acierten a ver el delirio de grandeza subyacente. Un periodista almeriense, desde Mallorca, se preguntaba en Onda Cero qué mano intenta coger Megino. Bastaría con buscar en un folleto turístico del Vaticano las pinturas de la capilla Sixtina para dar con la clave del asunto. Comparen la disposición y el gesto de la Creación de Adán y sustituyan la mano adulta del cartel publicitario por la de Dios y la infantil por la de Adán. Se hará la luz y comprenderán las esencias megalómanas que nos traslada el publicista.
La mano de Dios (Megino), representante del poder, la sabiduría, coge la mano niña, es decir, el futuro, pero ¿qué futuro? Vista la trayectoria del personaje y su actuación urbanística, digamos que a la mano vieja los dedos se le hacen torres. Curiosa esta obsesión de Megino-Dios por las torres. En la cultura católica la torre significa la unión con el cielo ¿acaso Megino ha sido tocado por el Ángel y aspira a subir al cielo?¿anunciará esto una próxima beatificación? ¿acaso se especializará en curaciones milagrosas de enfermedades de la uretra como San José María Escrivá de Balaguer en las del estómago? Lo más seguro es que se dedique, como corresponde, a enviar el maná en forma de ladrillo sobre sus promotores preferidos para alimentar la catetería de los PGOU provinciales.
Por lo que se refiere a este cariño especial por los promotores, tendríamos que elevar una plegaria a los Megino de la tierra y decirles de una vez y para siempre que una ciudad no se diseña pensando sólo en el el interés de los promotores sino de todos sus habitantes.
En los viejos tratados sobre filosofía moral la solución para el pecado de soberbia es una cura de humildad. Podríamos, por ejemplo, obligar a Megino para que suba al medero y corrija la falta de ortografía del cartel, auxiliado de su ayudante, el gran maestro, concejal Esteban. Pero el soberbio no soporta medicina áspera, por eso sería mejor aplicar una terapia más sencilla: no votarles. Se cumpliría así la máxima del juego: De la Sixtina a Gial no voto porque me toca.

José López Céspedes


 
 
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