Empieza el curso y se revolucionan las familias, sobre todo las madres y los hijos –no podemos olvidar que tenemos una gran tradición machista, pero también matriarcal. La gente se encuentra por la calle y no habla de otra cosa: las primeras impresiones, el costo de los materiales, los amigos que vuelven después de una ausencia de meses, el encuentro con los profesores... amigos, primos, vecinos, cuentan y se cuentan las mismas cosas mil veces, como pasó el curso pasado y pasará el que viene, como hicieron los hermanos mayores antes y harán los que ahora son bebés después, y como los abuelos y padres experimentaron antes y volverán a hacer sus hijos y nietos años más tarde. Cuentan y cuentan la novedad y el recuerdo, hablan y hablan hasta la saciedad.
Después vendrán los silencios y las intrigas, las sospechas y los sinsabores, las mentiras y los engaños, las satisfacciones y las alegrías, los momentos clave y las decisiones importantes, los psicólogos y los orientadores, las primeras tetitas, los primeros porros y los primeros calimochos; todo se irá haciendo más complejo, más impenetrable y más enigmático, quedando el colegio en segundo plano, y el aprendizaje convertido en una rutina. El curso avanza y el fracaso y la desorientación también; empezará la debilidad de espíritu y la violencia doméstica, y se irán diluyendo las teorías pedagógicas, los sistemas educativos y reinará el caos en la casa y en la calle: al final la hegemonía será para mala educación. Eso sí, todos los años lápices nuevos.
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