Posiblemente hubiera pasado más de una vez por allí y no pude percatarme de semejante imagen, posiblemente porque iría pendiente de la conducción; pero ayer lo pude ver con mis propios ojos cuando el coche estuvo detenido por unos instantes por el semáforo que hay debajo de los arcos del cargadero de mineral. Era en una de esas isletas que han remodelado para conseguir aparcamientos frente a la piscina de los Juegos. No vale pasar y ya está, tienes que detenerte y mirar bien, de izquierda a derecha, de arriba abajo, completamente, y hacerte cargo de lo que estás viendo: es un cementerio de línea anglosajona, con sus tumbas separadas por pasillos con vegetación, con sus mojones o pequeños monolitos de granito.
Dejé el coche en Oliveros y subí para poder contemplarlo con detenimiento. Las tumbas no tienen –todavía- inscripciones en los monolitos, seguramente porque lleva su tiempo esculpirlas y porque, creo, no se quiera dar una impresión tan necrófila en una vía tan transitada. Lo que fue dándome vueltas en la cabeza era quién podría estar allí debajo. Pensé en alguna víctima de los Juegos, pero me pareció demasiado gráfico. Podrían ser vecinos antiguos de esos parajes que antes eran míseros y olvidados. También puede ser el caso de un cementerio de hombres ilustres, un recinto para renombres, como los hay en los cementerios de las grandes ciudades. Todavía sigo pensando en ello, es, sin duda, la obra que más me ha impresionado de todas las mejoras que se han hecho en la ciudad con motivo de los Juegos.
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