Ya se acaba esto de los Juegos y da la sensación, sobre todo por parte de los periodistas y de algún sector de la ciudadanía, que hay cierto aire de nostalgia, mucho antes de poder tenerla y, sobre todo, de tristeza, como dando a entender que el paso del tiempo no sólo afecta al sentimiento literario o amoroso, por decir algo, sino también a la relación del ser humano con el deporte. Y esa sensación, que se repite en el fútbol cuando acaba la Liga, o en las vacaciones, cuando empiezan a terminarse, o en la misma vida, cuando uno piensa en la propia, emerge ahora con un aire diferente, un aire de marcado carácter chauvinista, que mezcla el almeriensismo con el nacionalismo español y extrae de todo ello una forma de respiración atípica, un confusionismo poco acostumbrado entre nosotros que ha hecho contaminarse a la propia ciudad en forma de una exteriorización fascistoide, externalista y de euforia desmesurada.
Lo único que ha pasado aquí es un buena puesta en escena el día de la inauguración y poco más. La organización y la ventana al mundo exterior siempre será un argumento justificado por la millonada; porque, queramos o no, hemos tenido la oportunidad para cambiar la faz de la ciudad y no ha sido así. Esperemos que el dinero de El Toyo lo veamos por alguna parte, en lo antiguo o en lo nuevo, pero lo veamos de verdad.
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